Polvo bajo la lluvia
Tal vez, después de todo, sólo eres un error, una equivocación espacial, algo que nunca debería haber existido. Piensa en quién serías si te colocasen en otro mundo diferente de este en el que vives. ¿Serías tú? Es esta existencia tan necesaria para ti que no puedes desprenderte de ella. Pero no llores, mi vida, yo estoy a tu lado. Y notarás al coger mi mano cómo tiemblo al pensar que eres tan fugaz como tus lágrimas. Quiero saber de qué está hecha cada gota que resbala por tu mejilla, que se pierde en el suelo y se mezcla con la lluvia. Dime si ese río va a parar a un mundo mejor. Tal vez, allá donde vaya, tus lágrimas se transformen totalmente y queden así exentas de pena y miseria. Y tal vez, tú y yo dejemos de ser presas de la Naturaleza el día que nos diluyamos en el río, partículas que siguen la corriente junto a otras partículas, jugando a reflejar los rayos del Sol con nuestros cuerpos. Y no imagino tu cuerpo sin luz, y a veces me gusta pensar que tus ojos brillan más que el Sol, que lo puedes todo con ese calor magnético que desprende tu piel. No llores si este mundo ignora tu fuerza. No llores porque tu existencia limita las horas de luz, también me limita a mí y no estoy ansiosa. Sólo asustada por la crisálida de la duda, asustada por la posibilidad de nacer sin ti a mi lado. Dime quiénes hubiéramos sido el uno sin el otro, cuántas noches podríamos haber aguantado con sueños vacíos, desconociendo la luz que bien se diferencia de la del Sol. Piensa en qué sería la tediosa inmortalidad, lejos de la vida para estar lejos de la muerte, ¿no prefieres nacer y confiarte a la Naturaleza, esa misma que nos llevará al fin, pero que nos dio a conocer un mundo? No llores, vamos a sumergirnos, yo tampoco estoy segura de saber nadar, pero si nos cogemos fuerte el miedo desaparecerá.

Me ahogo en escena. El aire real es denso y plomizo, pesadez de normas y formalismos. Imposible respirar tras esta máscara que esconde los destellos rojos de individualidad y absorbe el gris espeso de la masividad. Los besos de nepentes me oxigenan de vida los pulmones, pero sé que no puedo abusar de esa peligrosa droga amada, pues lenta y dulcemente bajarán el telón; y aún tengo miedo a descubrirme tras la máscara y el maquillaje en el escenario...si tan sólo pudiera relajarme y oir los aplausos... pero en este teatro no hay espectadores, sólo actores que compiten por un trozo de escenario. Yo me conformo con ser parte del decorado durante unos días... hasta que recobre la voz...
Anoche me volví loca y no me diste tregua ni un sólo momento. Sabías que mi ansiedad no era por acudir corriendo a tu coche, sino porque tiemblo cuando estoy a tu lado. No sé en qué momento ahogamos el aire que se interponía entre nuestras bocas, no sé cómo pasó pero tu mano rozó mis piernas y quise perderme en tu cuerpo. Tu lengua me arrastró hasta tu casa y yo, obediente y osada, jugué a hacer míos tus labios con la embriaguez del deseo; y tú, mientras, me quitabas las botas en un lento amar. Y en la cálida luz de tu cuarto me cubriste con las sábanas para que no pasara frío...en el fondo sabías que estaba ardiendo con el calor de tu cuerpo, con tu mirada clavada en mi cara rebasando el deseo. "Estás radiante" me decías abrazándome con tus piernas y yo, bajo tu cuerpo deseaba fundirme con tu piel y lo sabías, por eso me desesperaste con la paciencia de un artista. Me volví loca y me dejé hacer. Fui tuya y me encantó. Me dejaste en casa aunque no querías, sabes que no he dormido con tanto frío en las sábanas. Pero hoy tengo que marchar y tragarme las ganas de surcar tu cuerpo con mis manos. Esta mañana cojo el tren a Valencia cargada de tu dulce aroma en mi piel, suspirando al recordar tu aliento y tu movimiento acompasado, mordiendo mis labios que saben a ti... Me voy sin comprender nada, sin entender los motivos de esta repentina felicidad. Me voy abandonándome al no saber si es deseo o es amor.
Esta noche quiero hundir mis labios sedientos de embriaguez en el recuerdo de tu cuerpo. Voy a perderme en la música de tus pasos firmes en la madera. Tu mirada profunda y fría desgarra mi pecho y magulla mis piernas. Desde el suelo trepo tu soberbia espalda sin hacer ruido. No quiero castigar tu carne, sólo notar como se embriaga mi mano de placer al palpar tu piel pulida por el acero. Quiero sepultar tu cuerpo junto al mío, monstruo arrogante, quiero envenenarte con el vino del pecado. Bebe de mi solitaria copa, bebe. ¿Notas cómo brota el fuego de mis dedos? Vertiginosa fiebre a tu lado. Esta noche voy a desnudar tu alma sorbo a sorbo. Saboreo tus flancos presa de tu peligroso aroma que enloquece el clima. Con mi languidez abriré una herida en tu pecho, allí derretiré la escarcha e incendiaré tu alma. Esta noche me beberé tu crueldad convertida en lágrimas de hiel. Bebe bestia adorada, esta noche no te vas a escapar.
Noches eternas llenas de luces, y allí, bajo una estrella fugaz, ángel divino, señal, guía y destino de todas mis intenciones. Desgarra la tela que se interpone entre tu piel y la mía, derrite el pudor con miradas seductoras, roza mi cuerpo con la eternidad del placer, toma mi cuerpo que mi alma ya es tuya. Déjame conocerte todas las noches, que cada palabra, cada beso, cada mirada me estremece como si fuera la primera y la última. Eres principio y final de vida. Plenitud.