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Rouge, vermelho, red, أحمر , rosso, rot, rojo

la vie en Poèmes

El pacto que me queda

 "¿Y cómo devolver a mi vida la luz
de la mañana, las lágrimas nocturnas,
el asombro del mar, los silencios del mirlo,
el tiempo de una tarde inacabable?

  ¿Y cómo devolver sus diferencias
al dolor y a la dicha,
y ser los dos amados por igual,
pues completan los dos el sabor encendido de la vida?

  Cuando la edad es ya desventurada
y es un pétalo el día,
y apenas quedan rosas,
no es posible que el mundo pueda ser recobrado.

  Acógete a unos ojos, sólo jóvenes,
y descubre con ellos el mundo que perdiste.
Y que te miren luego, para ser aún del mundo."

  Francisco Brines. El Otoño de las Rosas.

 

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"La balada de la masturbadora solitaria"

"La balada de la masturbadora solitaria"

"Al final del asunto siempre es la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te echa en falta. Espanto
a los que están presentes. Estoy saciada.
De noche, sola, me caso con la cama.
Dedo a dedo, ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro.
La taño como a una campana. Me detengo
en la glorieta donde solías montarla.
Me hiciste tuya sobre el edredón floreado.
De noche, sola, me caso con la cama.
Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
en la que cada pareja mezcla
con un revolcón conjunto, debajo, arriba,
el abundante par en espuma y pluma,
hincándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, me caso con la cama.
De esta forma escapo de mi cuerpo,
un milagro molesto, ¿Podría poner
en exhibición el mercado de los sueños?
Me despliego. Crucifico.
Mi pequeña ciruela, la llamabas.
De noche, sola, me caso con la cama.
Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndose en la playa,
un piano en la yema de los dedos, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.
Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen una piedra.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
El periódico de hoy dice que se han casado.
De noche, sola, me caso con la cama.
Muchachos y muchachas son uno esta noche.
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las brillantes criaturas están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente. Están más que saciadas.
De noche, sola, me caso con la cama."

Anne Sexton. Esta joven poeta norteamericana singularmente frágil y apasionada, habló de la muerte desde sus primeros poemas con una gran carga simbólica que no deja indiferente. Su delicadeza contrasta con una áspera y controvertida poesía, que refleja un complejo proceso interior de una mujer deslumbradora y atormentada. Una mujer descarnada, tentada por el suicidio desde muy joven. Admirable su complejidad y atrevimiento, casi tanto como su expresión artística de la que no puedo dejar de destacar la exaltación del cuerpo femenino tanto sentimental como carnalmente. El autodescubrimiento sensible, crudo y, sobretodo, hermoso de un universo íntimo que conquista con un lenguaje propio.
La voz de Anne Sexton es, todavía hoy, una misteriosa melodía de autodescubrimiento, autoafirmación y autodestrucción.

 

Amar

Amar Amar es una angustia, una pregunta,
una suspensa y luminosa duda;
es un querer saber todo lo tuyo
y a la vez un temor de al fin saberlo.

Amar es reconstruir, cuando te alejas,
tus pasos, tus silencios, tus palabras,
y pretender seguir tu pensamiento
cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas.

Amar es una cólera secreta,
una helada y diabólica soberbia.

Amar es no dormir cuando en mi lecho
sueñas entre mis brazos que te ciñen,
y odiar el sueño en que, bajo tu frente,
acaso en otros brazos te abandonas.

Amar es escuchar sobre tu pecho,
hasta colmar la oreja codiciosa,
el rumor de tu sangre y la marea
de tu respiración acompasada.

Amar es absorber tu joven savia
y juntar nuestras bocas en un cauce
hasta que de la brisa de tu aliento
se impregnen para siempre mis entrañas.

Amar es una envidia verde y muda,
una sutil y lúcida avaricia.

Amar es provocar el dulce instante
en que tu piel busca mi piel despierta;
saciar a un tiempo la avidez nocturna
y morir otra vez la misma muerte
provisional, desgarradora, oscura.

Amar es una sed, la de la llaga
que arde sin consumirse ni cerrarse,
y el hambre de una boca atormentada
que pide más y más y no se sacia.

Amar es una insólita lujuria
y una gula voraz, siempre desierta.

Pero amar es también cerrar los ojos,
dejar que el sueño invada nuestro cuerpo
como un río de olvido y de tinieblas,
y navegar sin rumbo, a la deriva:
porque amar es, al fin, una indolencia.

Xavier Villaurrutia

Gestos

Gestos

Una mirada, un gesto,
cambiarán nuestra raza. Cuando actúa mi mano,
tan sin entendimiento y sin gobierno,
pero con errabunda resonancia,
y sondea, buscando
calor y compañía en este espacio
en donde tantas otras
han vibrado, ¿qué quiere
decir? Cuántos y cuántos gestos como
un sueño mañanero,
pasaron. Como esa
casera mueca de las figurillas
de la baraja: aunque
dejando herida o beso, sólo azar entrañable.

Más luminoso aún que la palabra,
nuestro ademán, como ella
roído por el tiempo, viejo como la orilla
del río, ¿qué
significa?
¿Por qué desplaza el mismo aire el gesto
de la entrega o del robo,
el que cierra una puerta o el que la abre,
el que da luz o apaga?
¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra
que cuando siega,
el de amor que el de asesinato?

Nosotros, tan gesteros pero tan poco alegres,
raza que sólo supo
tejer banderas, raza de desfiles,
de fantasías y de dinastías,
hagamos otras señas.
No he de leer en cada palma, en cada
movimiento, como antes. No puedo ahora frenar
la rotación inmensa del abrazo
para medir su órbita
y recorrer su emocionada curva.

No, no son tiempos
de mirar con nostalgia
esa estela infinita del paso de los hombres.
Hay mucho que olvidar
y más aún que esperar. Tan silencioso
como el vuelo del búho, un gesto claro,
de sencillo bautizo,
dirá, en un aire nuevo,
su nueva significación, su nuevo
uso. Yo solo, si es posible,
pido, cuando me llegue la hora mala,
la hora de echar de menos tantos gestos queridos,
tener fuerza, encontrarlos
como quien halla un fósil
(acaso una quijada aún con el beso trémulo)
de una raza extinguida.

Claudio Rodríguez.

Por cada palabra que recuerdo guardo diez gestos en mi memoria... me gusta pensar que alguien pueda recordar mis gestos con ternura, por eso me empeño en hacer mío el viento, la luz y el canto de las aves para enredarme sin escrúpulos en el cálido ritmo de su baile.

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Necesito el peso de tu cuerpo

Necesito el peso de tu cuerpo

Estoy tan liviana sin ti
que necesito el peso de tu cuerpo
como la rama del puñado de plumas
para poder cantar.
Por eso frágil ahora, inicio el vuelo
del arrullo hacia el encuentro.
Necesito el peso de tu cuerpo
para la danza genital que hace crujir
la quilla de mis huesos y me desarticulo
porque sólo perdiéndome en ti
logro encontrarme.
Sí, eres el eco de mis nuevos deseos.
El más antiguo calendario del amor
se repite en nosotros
y por eso sabemos que esta muerte
es una resurrección ya padecida.
Sálvame de la fragilidad de mi cuerpo
con el huracanado acento de tus músculos.
Entre tanto tapo la boca a los relojes
y me ovillo a la orilla de tus sueños.

Beatriz Zuluaga

La Muerte de Chatterton

La Muerte de Chatterton

La Muerte de Chatterton de Henry Wallis.

Thomas Chatterton se suicidó en Londres la noche del 24 de agosto de 1770; había nacido en Bristol dieciocho años antes. Ese breve período, ocupado por altas dosis de poesía romántica ignorada, bastó para que se diera por vencido. Entonces todo pasaba más rápido que ahora, pese a la tan difundida impresión contraria. La idea de un poeta brillante que se mata joven no era nueva entonces ni es vieja ahora; es una receta perenne cuya persistencia se asienta en la eficacia de cada uno de los ingredientes que componen el coktail (¡poeta! ¡joven! ¡muerto!) tanto como en el alivio de muchos y la identificación desconsolada de otros, a quienes también alivia, de algún modo.

XXVII

XXVII

Con su vestimenta ondulante y nacarada,
hasta cuando camina, se creería que ella danza,
como esas largas serpientes que los juglares sagrados
en el extremo de sus bastones agitan con decadencia.

Como las arenas sombrías y el azur de los desiertos,
insensibles ambos al humano sufrimiento,
como las prolongadas redes de las olas de los mares,
ella se desenvuelve con indiferencia.

Sus ojos pulidos están hechos de minerales encantos,
y en esta naturaleza extraña y simbólica
donde el ángel inviolado se mezcla a la esfinge antigua,

Donde todo no es más que oro, acero, luz y diamantes,
resplandece eternamente, cual astro inútil,
la fría majestad de la mujer estéril.


Poema perteneciente a Les fleurs du mal, de Baudelaire .

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